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Programa de información y apoyo dirigido a cuidadores y familiares de enfermos con demencias

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  • Comorbilidad asociada a demencia

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    w72_UGAAunque en una persona sana demos por hecho el mantenimiento del equilibrio de forma habitual, una reflexión más detallada nos llevará a reconocer la complejidad de los mecanismos que permiten que una persona sana se mantenga en equilibrio durante la marcha y no sufra caídas. El hecho de que el ser humano deambule únicamente sobre dos extremidades conlleva que durante la marcha se produce una inestabilidad permanente, teniendo que realizar de forma dinámica correcciones constantes en nuestra postura. Estas correcciones se realizan por medio de la información recibida por los órganos de los sentidos, principalmente la vista, el sentido del equilibrio (reside en el oído interno e informa de la posición del cuerpo en el espacio) y la información denominada propioceptiva que detecta la posición de nuestras articulaciones. Toda esta información es integrada por el cerebro, que da las órdenes oportunas para los movimientos de los músculos que producen las constantes correcciones mencionadas anteriormente.

    Todos estos sistemas se ven afectados con frecuencia durante el envejecimiento, con disminución de la agudeza visual, enlentecimiento de la conducción nerviosa y del procesamiento cerebral, que si bien no es suficiente para alterar de forma significativa el equilibrio, sí disminuye la capacidad de reserva de estos sistemas. Esta disminución de la capacidad de reserva hace más difícil compensar las alteraciones propias de la demencia, como la progresiva desaparición del automatismo de la marcha que se produce como consecuencia de la degeneración cerebral, además de las alteraciones del juicio que impiden evitar las situaciones de riesgo o aplicar las precauciones más elementales ante riesgos ambientales.

    A esta situación tenemos que añadir las muy frecuentes patologías acompañantes que aumentan aún más el riesgo de caídas. Son muchas las patologías que pueden alterar la marcha; a modo de ejemplo y por su frecuencia mencionaremos en este apartado la artrosis, que provoca dolor y deformidades óseas y en ocasiones dificulta mucho la marcha. También otra patología muy frecuente como la diabetes, que en ocasiones se complica con alteraciones nerviosas que impiden la adecuada transmisión de la información propioceptiva (la que informa de la postura del propio cuerpo), con la consiguiente alteración del equilibrio o las diversas causas de disminución de la agudeza visual como el glaucoma o la retinopatía diabética, que también multiplica el riesgo de caídas. La enfermedad de Parkinson, que también puede acompañarse de demencia, provoca importantes alteraciones posturales que aumentan mucho el riesgo de caídas.

    Las consecuencias de las caídas son muy variables, pero pueden ser graves. Destacaríamos por su frecuencia y su gravedad, las fracturas de cadera y los traumatismos craneoencefálicos.

    Las fracturas de cadera son muy frecuentes en los ancianos, tanto con demencia como sin ella y están condicionadas tanto por la descalcificación progresiva que produce una fragilidad ósea (osteoporosis), como por la presencia de traumatismos, casi siempre producidos por caídas, en la zona de la cadera. Las consecuencias de la fractura, con la hemorragia y la inflamación subsiguiente, así como la inmovilidad y la muy frecuente operación necesaria para volver a unir los fragmentos suele provocar una pérdida funcional importante, al imposibilitar la marcha durante un período prolongado. Esta pérdida funcional generalmente puede superarse con un período de recuperación posterior con fisioterapia, que en muchas ocasiones no puede realizarse en el paciente con demencia, o su aprovechamiento es solo parcial por su falta de colaboración. Además, por desgracia, en muchas ocasiones se producen complicaciones durante el período postoperatorio, como neumonías o trombosis que pueden conllevar un riesgo de mortalidad o de aumento aún mayor de la dependencia. Dicho esto, es importante recordar que también en muchas ocasiones es posible conseguir una recuperación, que si no es total, puede ser notable, siempre teniendo en cuenta el mayor tiempo necesario en estos pacientes y la mayor dificultad para lograr estos objetivos.

    En cuanto a los traumatismos craneoencefálicos, es decir todos aquellos traumatismos que afecten a la cabeza, es evidente que siempre añaden un riesgo de dañar aún más un cerebro que ya está deteriorado. Pueden oscilar desde una simple herida superficial hasta fracturas de los huesos del cráneo o, lo que es más frecuente, sangrados en los espacios meníngeos, que son los espacios entre las membranas que recubren el cerebro, por donde pasan los vasos sanguíneos. Los pacientes ancianos son más susceptibles a estas complicaciones hemorrágicas, que en ocasiones pueden ocurrir por traumatismos de relativa baja intensidad. También los pacientes que toman medicación anticoagulante son especialmente proclives a estas hemorragias, en ocasiones difíciles de detectar por producir un empeoramiento difuso e inespecífico Las consecuencias son variadas y pueden ser muy graves, ocasionando la muerte o una incapacidad significativa o presentar síntomas relativamente leves que, como hemos comentado anteriormente, las pueden hacer pasar desapercibidas. El tratamiento suele ser quirúrgico, aunque, según el tamaño o la actividad del sangrado puede decidirse no realizar ningún tratamiento por los riesgos de una intervención en estos pacientes.

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