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Programa de información y apoyo dirigido a cuidadores y familiares de enfermos con demencias

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  • Comorbilidad asociada a demencia

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    A lo largo de la historia de la humanidad, el misterio de la finitud de la vida humana siempre ha estado presente. Pese a nuestra continuada negación, el fin de la vida, la muerte, es algo que nos iguala ya que a todos nos alcanza por igual.

    Por esto es importante que seamos conscientes que, al igual que a cualquier otro ser humano, a nuestro ser querido que está sufriendo esta enfermedad también le llegará este momento. Debemos prepararnos desde varios puntos de vista. En primer lugar, hemos de trabajar la aceptación de este final; aunque resulte difícil, es imprescindible para conseguir la serenidad suficiente para poder acompañarle y ayudarle de forma tranquila y eficaz. Además, hemos de tener los conocimientos suficientes para, junto a nuestros médicos de Atención Primaria y especialistas, valorar la situación de forma adecuada y emplear los recursos necesarios para paliar la sintomatología que puede presentarse.

    Así, hoy día podemos decir sin temor a equivocarnos que la Medicina ha avanzado muchísimo en el control de síntomas, de manera que aunque no somos capaces de curar gran parte de las enfermedades, sí podemos atenuar y controlar la mayoría de sus síntomas de forma eficaz. De este modo cumpliremos la que ha de ser la regla de oro en la asistencia médica a nuestros pacientes, expresada en este antiguo adagio: “Curar pocas veces, aliviar a menudo, acompañar siempre”.

    Hemos de ser conscientes en primer lugar de cuando nos encontramos frente a una situación de final de vida, en la que debemos de aplicar sobre todo los cuidados paliativos y no insistir en medidas curativas. Este proceso no es lineal ni de todo o nada, ya que a medida que avanza la enfermedad hemos de ir aumentando el énfasis en el control de los síntomas e ir abandonando actitudes de “curar a toda costa”, aunque aún estemos aplicando tratamientos con intención curativa. No obstante, hay momentos en los que hay que tomar decisiones sobre la muy probable irreversibilidad de la situación y renunciar a tratamientos curativos que en esos momentos solo prolongan un estado ya irreversible a costa de sufrimientos. En esos momentos difíciles pueden ayudarnos varios criterios; en primer lugar, si estamos ante una fase muy avanzada de la enfermedad, lo que conlleva un pronóstico corto en el tiempo, con la aparición de múltiples complicaciones, generalmente infecciosas; en segundo lugar, la reiteración de estas complicaciones, lo que marca una situación de gran fragilidad biológica, que impide que el organismo pueda defenderse de las agresiones externas y mantener su integridad; por último, la propia naturaleza de la complicación de la que se trate y su pronóstico.

    Estas decisiones de final de vida suelen producir una gran angustia en la familia por la vivencia de que están “decidiendo” la muerte del ser querido. Es una percepción totalmente falsa que genera gran sufrimiento. Como hemos dicho al principio, el fin de la vida es el destino inexorable de todo ser humano y únicamente estamos acompañando a nuestro ser querido en este trance que va a suceder en un corto intervalo de tiempo. Más bien hemos de decidir, junto con los profesionales que nos atienden, el mejor camino hasta llegar al inevitable final.

    La apuesta del enfoque de los cuidados paliativos es intentar mantener la calidad de vida por encima de tratamientos pretendidamente curativos que únicamente pueden alargar algo la vida a costa de empeorar mucho la calidad de vida y el confort. Así, se apuesta por tratar de forma preferente los síntomas predominantes en el final de la vida como el dolor, la disnea (sensación de falta de aire), las náuseas, la agitación…etc…Se pretende no adelantar ni retrasar la muerte, sino acompañar al paciente en su proceso aliviando en la medida de lo posible sus síntomas y su sufrimiento.

    Aunque por razones de espacio es imposible detallar los fármacos que podemos utilizar para tratar estos síntomas, es inevitable hacer una mención a la morfina, por su gran eficacia y utilidad en estas situaciones terminales y por la mala fama que por desgracia aún continúa muy extendida y es completamente injustificada. Objeto de toda clase de mitos erróneos, como primer apunte basta decir que la OMS considera el consumo de morfina y derivados como un indicador del desarrollo sanitario de un país, estando por desgracia aún por debajo de lo deseable en el nuestro.

    La morfina es un excelente analgésico, quizás el mejor, que además alivia también un síntoma muy frecuente y estresante como es la disnea. Utilizada a las dosis adecuadas es perfectamente segura, no se utiliza para adelantar la muerte y permite en la mayor parte de los casos un buen control del dolor y de la disnea, frecuentes en estos casos.

    Como muchos otros fármacos, utilizado en dosis superiores a las indicadas puede resultar peligroso, pero esto no es motivo para no poderlo utilizar a las dosis adecuadas. En cuanto a la posibilidad de que provoque adicción, está comprobado que en uso terapéutico y no recreativo esto no se produce, aparte de lo absurdo de esta preocupación en estas circunstancias.

    Su equipo de Atención Primaria y los médicos especialistas que atienden al paciente son los más indicados para consultar los múltiples medios farmacológicos y no farmacológicos de los que disponemos para aliviar y acompañar a nuestros seres queridos en estas situaciones.

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